Lo que la izquierda global debería aprender de la caída de Maduro
Lo que la izquierda global debería aprender de la caída de Maduro
El presidente o mejor dicho, el ex presidente de Venezuela ha sido detenido por fuerzas estadounidenses en Caracas. Todos, incluido el propio Maduro, esperaban una intervención militar a gran escala. El régimen incluso había preparado a parte de la población para una guerra de guerrillas. Sin embargo, la administración Trump optó por una operación militar limitada, precisa y cuidadosamente calculada para resolver lo que desde hace tiempo denominaba el “problema venezolano”.
Todavía es demasiado pronto para analizar en detalle cómo se desarrolló la operación o cuáles serán sus consecuencias políticas. Aunque las fuentes abiertas están llenas de supuestos “detalles”, la mayoría de lo que circula es especulación y desinformación.
Lo que sí sabemos hasta ahora es relativamente claro: Maduro y su esposa fueron detenidos y, al momento de escribir este texto, se dirigían a Estados Unidos. Las redes sociales se llenaron rápidamente de videos que hablaban de “explosiones masivas” en Caracas, presentadas como el inicio de una invasión a gran escala. En realidad, todo indica que se trató de explosiones limitadas y tácticas, dirigidas contra sistemas de defensa aérea muy probablemente de origen iraní y algunos otros objetivos militares específicos. Hasta ahora, no se han reportado víctimas civiles.
Pero más allá de la operación en sí, el verdadero tema que merece atención es la larga lista de contradicciones políticas y errores estratégicos de Maduro.
Desde hace años, Maduro se presenta como socialista, izquierdista, defensor de los oprimidos y firme opositor del “imperialismo estadounidense”. En el papel, ese discurso resulta familiar e incluso atractivo para sectores de la izquierda internacional. En la práctica, sin embargo, sus alianzas cuentan una historia muy distinta.
La Realidad Detrás de Los Eslóganes
Es cierto que las sanciones estadounidenses han aislado a Venezuela y empujado a Caracas a buscar aliados desesperadamente. Pero el antiamericanismo superficial es una mala brújula política. Lejos de ofrecer protección, terminó profundizando la dependencia de Maduro de regímenes autoritarios.
Un viejo dicho lo resume bien: a una persona se la conoce por la compañía que mantiene. Veamos entonces a los socios más cercanos de Maduro.
El más evidente es Irán, un régimen que encarcela y ejecuta sistemáticamente a presos políticos y reprime a minorías, especialmente kurdos y baluches. Luego está Turquía, un país que figura entre los últimos lugares del mundo en libertad de expresión, donde las elecciones han perdido sustancia y donde periodistas y políticos de la oposición ya no se sienten seguros. Turquía, además, tiene una larga y sangrienta historia de persecución y masacres contra activistas socialistas durante la Guerra Fría, un período que aún describe como una “lucha contra el comunismo”.
Con este panorama, resulta evidente que Maduro no se asoció con estos regímenes por sus supuestas “contribuciones” al socialismo. Muchos líderes socialistas genuinos o no fueron reconocidos no solo como presidentes o políticos, sino también como teóricos e intelectuales. Maduro es una excepción notable. Nunca ha demostrado una profundidad real en el pensamiento socialista ni ha producido una teoría sólida más allá de un único eje: el antiamericanismo. Esto explica, en gran medida, su forma de “hacer amigos” en el plano internacional. No fue la ideología lo que los unió, sino una aversión compartida hacia Estados Unidos.
Sun Tzu escribió en El arte de la guerra: “No acorrales a tu enemigo por completo; déjale una salida”. No sabemos si Estados Unidos siguió ese consejo, pero Maduro claramente intentó escapar del cerco recurriendo a regímenes autoritarios. Desde una lógica de realpolitik, esto es comprensible. Las sanciones redujeron drásticamente sus opciones y Venezuela no es una excepción en ese sentido. El error central, sin embargo, fue creer que el anti-americanismo y el revisionismo bastarían para garantizar apoyo real.
Turquía, por ejemplo, no mostró ninguna intención seria de ayudar a Maduro cuando llegó el momento. El respaldo iraní, pese a la retórica grandilocuente, fue limitado. Incluso los sistemas de defensa enviados nunca estuvieron en condiciones de proteger a Venezuela frente al poder militar estadounidense. Cualquiera que conozca mínimamente la política exterior turca podía preverlo: Ankara no iba a poner en riesgo sus prioridades regionales (Gaza, Siria, Israel...)
por Maduro. En términos simples, Maduro fue abandonado.
por Maduro. En términos simples, Maduro fue abandonado.
Aún es temprano para evaluar las consecuencias a largo plazo de la operación estadounidense. Desde el punto de vista legal y diplomático, la acción plantea serias dudas y parece situarse fuera de los límites tradicionales del derecho internacional. Sin embargo, desde una perspectiva estrictamente militar, se perfila como una de las operaciones más exitosas de Estados Unidos desde la Operación Neptune Spear, que acabó con Osama bin Laden. Más importante aún, este episodio debería servir como una llamada de atención para la izquierda global.
Durante años, el antiamericanismo populista ha empujado a movimientos de izquierda hacia callejones sin salida políticos y morales, debilitándolos en lugar de fortalecerlos. Analizar el mundo actual con lentes de la Guerra Fría solo produce romanticismo y fracaso. Se sea socialista o no, es evidente que el socialismo exige análisis profundos, no un simple “anti-algo”.
Apoyar o justificar regímenes como el de Maduro únicamente por su retórica antiestadounidense ha acercado al socialismo a teocracias autoritarias y repúblicas dinásticas. Incluso quienes toleran el autoritarismo deberían sentirse incómodos frente a la teocracia y el poder heredado.
La lección del caso Maduro es clara: alinearse con regímenes autoritarios solo porque se oponen a Estados Unidos es un error estratégico y moral. Defender a los oprimidos siempre ha sido una de las promesas centrales del socialismo. Esa defensa no puede ser selectiva. Las minorías, las mujeres, los periodistas y la oposición política bajo regímenes “antiimperialistas” no dejan de ser oprimidos solo porque sus gobernantes griten consignas contra el imperialismo.
Si la izquierda global quiere ser coherente con sus propios valores, debe ir más allá de la retórica populista y producir una política más profunda y con principios. De lo contrario, corre el riesgo de repetir los mismos errores una y otra vez.


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